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Escrito por Luis Toxo
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Domingo, 25 de Abril de 2010 08:31 |
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Escrito por Luis Toxo en el "Xornal de Galicia" César Couto fue el primer compañero del instituto en discutirlo todo en un tiempo de silencio y de miedo, un tiempo en el que casi todos le teníamos más respeto al profesor que a nuestros padres…
–Aquí –le decía César con desparpajo al catedrático de Historia– no aprendemos las cosas que se necesitan para la vida, aquí nos enseñan ustedes lo que debemos pensar pero, no a pensar…
Lo expulsaron de clase varias veces, era demasiado avanzado e “insolente” para la época. Sostenía este compañero que teníamos dos tipos de educación: la que nos daban en el instituto o en la universidad y la que éramos capaces nosotros mismos de darnos.
–¡Esta es la importante! –nos decía mientras le escuchábamos y sonreíamos sin entender nada.
Se fue a Madrid, a estudiar arquitectura y lo perdimos de vista durante varios años.
Hace una semana, nos convocó en un restaurante para saludarnos y reanudar la amistad; nos informó en unos minutos de sus años de ausencia:
–Termine arquitectura. Y por poco pierdo al artista que hay en mí. Un arquitecto o es un creador de formas y espacios, o es un experto en colocar pilares, ascensores y escaleras en edificios homogéneos. Hoy muchos de mis colegas se atreven ha hacer de todo porque todo se hace de la misma forma, es decir sin forma. Les da lo mismo una vivienda unifamiliar que una urbanización, un aparcamiento subterráneo o un hospital. Entienden que la arquitectura es una profesión que se agota en el funcionalismo. A mi me fascinan las formas y la creatividad y eso no vende si no eres un afamado Frank Gerhy o un Siza Vieira. O si no convences a la administración o a un particular que sabe lo que quiere. Y como ya sabéis que la razón es enemiga de la imaginación no encontré a ningún promotor que quisiera arriesgar conmigo otras fórmulas y modelos que no fueran los que les dieron tantos euros y ahora algunos disgustos a los demás. No ejercí la carrera hasta hace un par de años cuando regresé a mi pueblo. Y lo hice solo para hacer mi propia casa, mejor dicho para rehabilitar mi casa.
–¿De que trabajas Cesar? –preguntamos en una parada que hizo para beber un poco.
–Soy profesor en un instituto público y allí les explico a los niños como usar su imaginación para que así se consuelen con lo que no podrán ser la mayoría de ellos, o para que la sepan utilizar si son políticos y así mientan pero al menos con cierto estilo –nos reímos como siempre, sin entender casi nada de su discurso.
Picados por la curiosidad le preguntamos que tenía de particular su casa.
–Nada que no debierais exigir cualquier usuario: buena orientación, buena integración con el medio, unas buenas fuentes de energía renovables, un sistema de ahorro de agua, un buen aislamiento y la elección de materiales sanos.
–Explícate un poco mejor hombre, ¿en qué consiste en esencia todo ello? –Bebió otro sorbo y nos dijo:
–Se acabó el derroche, hay que empezar por reivindicar criterios que tengan en cuenta el valor del territorio, el impacto de los materiales, y el ahorro de energía… debemos dejar de invadir ilimitadamente el país, consumir recursos que no se reponen y residuos que no se regeneran. En los últimos veinticinco años ocupamos en Galicia hasta el triple del suelo de toda su historia, hemos separado las funciones de las ciudades, de la villas y de la parroquias, hemos contribuido a destruir su paisaje, sus recuerdos y su memoria más hermosa, construído una extensa red de vías para conectarse que impacta brutalmente en el ecosistema, abusado de materiales no adecuados, y hemos debilitado los espacios urbanos de cohesión social y convivencia. ¡Ya está bien!
Seguimos entendiéndole a medias. Y es que es muy difícil de digerir cómo entiende César su propia su vida, y encima estar pagando la hipoteca del piso en una urbanización deslavazada, con dos o tres habitaciones mal orientadas, cocinas y servicios diminutos, y con un aislamiento y materiales pésimos que nos están costando un riñón reponer…
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