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¿Sobrevivir dos años así? PDF Imprimir E-mail
Por José Luis Martín Palacín en "Xornal de Galicia"

Los políticos europeos van dejándonos una sensación de ir a la deriva que anuncia una agonía para el presente y el futuro inmediato de los ciudadanos. Cada vez que se reúnen, la mosca tras la oreja nos susurra aquello de “ovejas muertas”. Los últimos acuerdos europeos se han producido a raíz de la agresión especuladora contra el euro. La única decisión contundente fue la de un respaldo financiero masivo en los mercados, a base de insuflar dinero. Pan para hoy… Porque si dejan las manos libres a la especulación, no se puede estar acudiendo en ayuda de los valores euro de manera indefinida.

Entre otras, hay cuatro variables clave en la crisis: la deriva financiera (que está en el origen de la crisis), el déficit, el empleo, y la exposición a la especulación. Se acometió en primer lugar el problema del sistema financiero, manteniendo una cierta coordinación entre los Estados. El objetivo era sanearlo para que no continuaran generando más crisis. Pero faltaron medidas de regulación, y de vincularlo de manera activa al afrontamiento de la repercusión de la crisis en las empresas y en la sociedad. Diversos dirigentes internacionales, empezando por Obama, se han venido quejando de la insolidaridad financiera ante la crisis.

El problema del déficit tiene que ver con la consolidación de nuestro espacio económico común. Pero se ha precipitado por la amenaza de los mercados de deuda y de valores, y por su incremento a partir de inversiones para fomentar el empleo y la protección social. Tiene una faceta de contradicción con el sostenimiento de la paz social y del Estado de bienestar, y otra de reajuste de lo que podríamos llamar “malas costumbres” de la gestión pública. El problema del paro cada Estado lo ha asumido individualmente, de acuerdo con sus propias características. El de la especulación no lo puede afrontar cada país por separado; ni siquiera en solitario desde la Europa del euro. La aventura alemana de hace un par de días, aunque puede ir en la buena dirección, demuestra que las medidas de freno a los especuladores son de las de “todos a una”. El poder del dinero es transnacional y, si se empeña, puede hacer zozobrar gobiernos y países.

En esta encrucijada, en España encontramos un gobierno que afronta la crisis como una responsabilidad propia, pero que se ha visto sorprendido por la crisis misma más tarde de lo que debiera. Parece una contradicción, pero un exceso de confianza al valorar las dimensiones de lo que se avecinaba ha sido el que ha fabricado ese tardío factor sorpresa. Y este factor sorpresa es el que ha generado perplejidad y hasta nerviosismo. Y cierta sensación de no dar pie con bola. No obstante, está tomando medidas. Sin visión de conjunto muchas veces: por un lado las de ahorro, por otro las de mayor recaudación, y muchas de ellas gravitando contra el principal problema que sigue siendo el del desempleo. Y la mayor de las veces, dando la sensación de esos toreros que casi han perdido la muleta y mantienen el voluntarismo del “dejadme solo…” Toda esa disfunción acentúa la sensación de agonía en los ciudadanos.

En esas condiciones no podemos aguantar dos años más. Pero, cuidado, que no estoy reclamando elecciones anticipadas. La irresponsabilidad de Rajoy en estos momentos la sintetiza esa reivindicación precisamente, a la sombra del “váyase señor Zapatero” que Aznar se dedica a reinventar otra vez. Estamos en un momento en el que los ciudadanos viven un “ni contigo ni sin ti”, y valoran muy negativamente a todos los líderes políticos. Es un momento en el que la sociedad necesita que sus representantes se rehabiliten avanzando ideas y propuestas constructivas; que el Gobierno no pretenda quedarse solo, y que la oposición no se limite a predecirnos el pasado, y que arrime el hombro a buscar alternativas claras, concretas y cuantificadas.

No podemos aguantar dos años más en ese tira y afloja. Algunos hablan de gobiernos de concentración. Otros nos conformaríamos con la coherencia de un gobierno de coalición que, basándose en el más amplio posible mínimo común denominador, aborde no solamente el déficit, sino la creación de empleo (que es nuestro problema principal, y la madre de casi todo lo demás). Y que consolide nuestra posición en el contexto europeo, para poder exigir allí, y a nivel internacional, una política firme y coherente de reforma del sistema financiero, de lucha contra la especulación y de control del dinero, para que no se convierta en una bestia transnacional dispuesta a tragarse los logros sociales alcanzados en los últimos sesenta años.
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