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Elecciones y responsabilidad |
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Escrito por José Luis Martín Palacín en "Xornal de Galicia" Lo más parecido a la agonía de un crucificado. Los tuyos ayudándote, como mucho, a llevar la cruz. Los que no quieren sufrir las consecuencias de tu muerte, mirándote en silencio, sin atreverse a defenderte: absteniéndose. Y el resto, vociferando, acusándote, apedreándote. Jueves de Pasión en el pleno del Congreso de los Diputados. Imagino a Rodríguez Zapatero siendo testigo de su linchamiento y viendo, como se dice de los ahogados, pasar por su cabeza las imágenes de los dos años de su actual gobierno. Reconociendo, tal vez, sus errores y equivocaciones, y sorprendiéndose de lo efímero de sus aciertos.
Muchas críticas realizadas en el pleno son acertadas. Esperemos que Zapatero sea capaz de reconocerlas, porque sería el inicio de la rectificación. Pero hay algo tan desolador como la agonía: ninguna intervención de quienes han votado en contra ha presentado ni una sola opción para llegar a los mismos resultados con efectos menos nocivos que los que criticaban. Ni una alternativa concreta. Es más honrada la crítica de los que se abstuvieron: “no nos gusta la propuesta, pero en este momento no nos queda otra”. Hay que agradecer su responsabilidad. Porque lo menos valioso que nos jugábamos todos en ese pleno era la continuidad del gobierno de Zapatero. Lo más importante era la quiebra de nuestra credibilidad como país.
Es un momento para reflexionar sobre la responsabilidad. El gobierno, porque nos está sometiendo a un proceso improvisado e inseguro que nuestra sociedad no puede continuar soportando. La oposición, porque no está siendo capaz de presentar soluciones, y porque, en lugar de arrimar el hombro, se pone a pensar en elecciones. “Yo no me atrevo a presentar una moción de censura, pero a ver si tú me facilitas el camino quitándote de en medio”.
Imaginemos cómo sería una convocatoria de elecciones la semana próxima: un Gobierno con un programa que no nos convence, y una oposición, u oposiciones, sin ningún programa. O con un apaño improvisado para tratar de ganar el gobierno, que tampoco nos creeríamos. La reacción lógica de la sociedad sería la de dejarles solos, no yendo a votar. Y el último que apague y cierre...
Lo que se impone es que, al menos los 182 votos que hoy nos han salvado la cara en el contexto internacional –los favorables y los de la abstención responsable– se reúnan con urgencia con el fin de preparar una alternativa de emergencia para los próximos dos años. Una alternativa que corrija aquellos aspectos del actual decreto-ley que impiden un consenso, que establezca unas pautas de cumplimiento, y que busque, como sea, opciones para acometer el principal problema que tenemos: la creación de empleo. Porque si no tuviéramos un 20% de desempleados, nuestra debilidad no sería tan crítica, y el punto de mira de la censura europea no se centraría tanto en nuestro país.
Y si esa colaboración tuviera que convertirse en una alternativa de gobierno de coalición, o en un pacto de gobierno, que se convierta. Más tranquilos quedaríamos los ciudadanos, que soportando la soledad manifiesta de unos gobernantes que acusan la inseguridad que les produce la actual situación. Habría que pedirle al presidente de gobierno la misma generosidad que él le exige a la oposición para que colabore frente a la crisis. La generosidad de abrir el espacio político para que otros aporten ideas y participen en su desarrollo. Incluso si tuviera que no ser él quien pudiera liderar esa etapa de emergencia. Esa generosidad quedaría reconocida por la ciudadanía por mucho tiempo.
Todos están hoy obligados a ser responsables. Para eso les pagamos. Y su responsabilidad no se salda con que se bajen el 15% su sueldo. Su responsabilidad pasa porque nos eviten el bochorno de esta semana en el Senado y la agonía de las tensiones y la falta de ideas de ayer en el Congreso. Y, sobre todo, porque sean capaces, de una vez por todas, de remar en la misma dirección cuando la nave atraviesa una tempestad, en lugar de liarse a golpes con los remos, unos contra otros, dejándonos molidas las costillas a los ciudadanos.
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