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Israel, un agujero negro PDF Imprimir E-mail
Por José Luis Martín Palacín en el "Xornal de Galicia"
 
 
Nadie en sus cabales niega o deja de repudiar el holocausto, cuya compensación histórica está en el origen del Estado de Israel. Pero 65 años después de acabado el horror nazi, la mayoría de la población mundial, aunque se sienta conmovida por aquello, está exenta de cualquier obligación material o moral de indemnización. La otra razón de ser del Estado de Israel es la de servir de plataforma de Occidente en Oriente Medio. Plataforma o cuña, según la orientación del momento en Estados Unidos.
Eso hace que Israel esté subvencionado. El cheque alemán y las ayudas estadounidenses sufragan en parte el presupuesto de este Estado de menos de siete millones y medio de habitantes, que hasta ahora no ha logrado encontrar la paz con sus vecinos. Desde su implantación la única estrategia que sabe manejar en Oriente Medio es la de la guerra. Cuando en Estados Unidos dominan los halcones, Israel es el alfil que actúa en avanzadilla, para segmentar a los países árabes, y para que éstos sientan la amenaza en su patio trasero. Si dominan los moderados, Israel queda como una baza de reserva.
Con menos habitantes que Andalucía, es uno de los once países con más volumen de importación de armas del mundo. Hay expertos convencidos de que posee armamento nuclear no declarado: unas 200 cabezas nucleares operativas en su territorio, tres submarinos nucleares, misiles con alcance de 3.500 kilómetros, y un sofisticado sistema antimisiles. Informes de la CIA hablan de armas químicas y bacteriológicas. Al margen de otras virtudes –incluidas las de su avanzado nivel de desarrollo tecnológico– el papel sucio jugado por Israel en Oriente Medio es el de gendarme y represor en nombre de terceros. Es el motivo de la impunidad de sus reiterados incumplimientos de las resoluciones de Naciones Unidas.
Pero Israel no es un Estado suicida. Acepta esa tarea a cambio de ese respaldo. Sin ir más lejos, se acaba de comprobar en la última reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Además, el riesgo asumido hace que su población, sea cual sea su posición política, mantenga un sustrato ideológico conservador y de autoafirmación patriótica. Hay honrosas excepciones y sectores minoritarios abiertos, dialogantes e integradores. Pero las tendencias ultras han incrementado su peso en la sociedad: basta ver los resultados electorales. El propio laborismo, si quiere participar en el gobierno, ha de trufarse en coaliciones con sectores netamente derechistas. El propio presidente Simon Peres, con su Nobel de la Paz bajo el brazo, ha migrado de una socialdemocracia de centro hacia el partido Kadima, de tendencia centroderechista, llegando a defender posiciones nacionalistas contrarias al derecho de supervivencia de 1,5 millones de palestinos que malviven en Gaza secuestrados y maltratados por el Estado de Israel.
Aunque funcione muy bien su maquinaria, Israel es un Estado de diseño, prefabricado, artificial, que se ha convertido en un agujero negro que se traga y destruye cualquier iniciativa de entendimiento y de paz. Su enfermiza lógica bélica le lleva a cometer atrocidades continuadas contra el Pueblo palestino, que los occidentales toleramos pasivamente. Y locuras como el ataque pirata y criminal de su ejército a una flota humanitaria desarmada, disparando a quemarropa a ciudadanos pacíficos, subraya el cinismo, la hipocresía y la altivez de quien se sabe protegido por los poderosos de la tierra.
Ese agujero negro es un constante generador de odio que ha potenciado el terrorismo internacional, y que alimenta la malquerencia hacia Occidente de la población musulmana mundial, que compone más de la cuarta parte de la Humanidad.
El último incidente nos exige abandonar la tibieza, y no tolerar ni un minuto más el peligro que fabrica a diario la arrogante, exaltada y egocéntrica ideología dominante de Israel, con su agresión a los derechos humanos. Occidente recuperará credibilidad internacional, si es capaz de acabar con el bloqueo de Gaza y de poner las bases inmediatas para un Estado Palestino sin la amenaza israelí. Y Obama, que se ofreció a liderar un nuevo orden mundial, habrá de revalidar ese papel olvidando su ambigüedad y logrando ese objetivo. Si no, tendría que devolver su Nobel de la Paz.
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